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Lunes, 12 Febrero 2018 16:59

Hablemos del agua

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Una crisis silenciosa se ha venido gestando bajo nuestros pies. De acuerdo con importantes estudios, el agua que recorre nuestro subsuelo se ha contaminado gradualmente; de continuar la actual tendencia, es probable que termine transformándose en un coctel de desechos químicos y fecales que técnicamente seguirá siendo agua, pero que no podrá cumplir con las principales funciones de este líquido en la naturaleza.

Para quien no esté consciente del problema, hablar de una crisis que se agrava día tras día debajo del suelo que pisamos puede resultar sorpresivo. Ciertamente, las señales de alarma no parecen estar sonando. En un sentido, esta reacción es entendible. La renovación generacional puede hacernos normalizar y aceptar sin cuestionar lo cotidiano. Por ejemplo, actualmente la primera opción para cualquiera que desee o necesite beber agua es comprarla purificada y embotellada en alguna de sus varias presentaciones; es decir, que para un creciente número de yucatecos el mero concepto de agua bebible implica H20 purificado y en una botella.

Pero lo normal se vuelve cuestionable cuando consideramos que hace 30 años muchos yucatecos bebíamos agua “de la llave”, o “de pozo” o que en diversas ciudades del mundo comprar agua embotellada es casi impensable —por ejemplo, en Escocia no existen los garrafones y es igualmente seguro beber el agua de cualquier llave de una casa o negocio—.

En este sentido, la falta de información puede hacer que los cambios en nuestras vidas se vean apenas como la punta de un iceberg constituido por amenazas graves y variadas. Lo que no se ve, tiende a ser considerado como irrelevante. Para mostrar por qué, me detendré en dos casos puntuales.

El primero es el desalojo de aguas residuales al subsuelo. En nuestro estado, la mitad de las casas desalojan sus aguas residuales que contienen todo tipo de desechos —principalmente los fecales— al subsuelo por medio de sumideros. De acuerdo con el libro “El manejo del agua a través del tiempo en la península de Yucatán” (Uady, 2017), apenas la mitad de las casas yucatecas tienen fosas sépticas y sólo la mitad de esta mitad brinda el mantenimiento adecuado a ellas. El segundo es la contaminación en los anillos de cenotes. Probablemente uno de los investigadores que más ha estudiado este fenómeno es el doctor Ángel Polanco, cuyos trabajos han sido publicados en algunas de los más importantes “journals” científicos y dan cuenta de diversas aristas que revelan la magnitud de este problema, como la presencia de pesticidas prohibidos en otras partes del mundo están presentes en el agua que beben 30% de las mujeres mayas yucatecas (“Environmental polution”, 2016).

Confrontados con la consciencia del deterioro gradual de nuestros derechos, de nuestro ambiente, y con las evidencias anteriores en la mano, uno tendría que cuestionarse por qué el agua “de repente” ya no es recomendable para el consumo humano, por qué nuestros gobiernos han convalidado esta lógica —y el costo ecológico implicado—. Y la primera parte de una respuesta a esta entendible inquietud pasa por el reconocimiento de que la responsabilidad de informarnos y de garantizar nuestros derechos al acceso al agua, a gozar un medio ambiente sano recaen principalmente en nuestros gobernantes. Sin embargo, en lugar de informarnos o de atajar el problema, nuestros gobernantes nos han tirado, sin reparo, a los brazos de las embotelladoras —con el costo económico que esto representa—, y no parecen tener mayor consideración hacia recursos claramente fundamentales y no renovables cuyo deterioro implica un deterioro en la calidad de la vida en Yucatán.

Para sustentar esta última afirmación, consideremos dos botones de muestra. El primero es un reportaje presentado por “Animal Político” (06/02/2018), que da cuenta de las irregularidades que han acompañado a la instalación de una mega granja en Homún denunciadas por el invaluable “Equipo Indignación”. Enlisto brevemente las que me parecen más notables: La manifestación de impacto ambiental presentada por la empresa PAPO, y aprobada por el gobierno de Yucatán, incluye medidas de mitigación que “no tienen sustento bibliográfico ni científico, y sólo dejan en evidencia el potencial contaminante del proyecto en la Reserva Geohidrológica”; se ignoró “la recomendación de la CNDH sobre el derecho a la consulta previa de los pueblos y comunidades indígenas de la República Mexicana”; y, finalmente, “la empresa niega que en la zona de Homún haya pueblos originarios, cuando en los Indicadores Socioeconómicos de 2015 de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), Homún está reconocido como tal”.

¿Qué puede llevar al gobierno de Rolando Zapata en Yucatán, cuya Seduma, por cierto, en otros casos ha mostrado su disposición a estudiar y defender temas relacionados con la ecología, a aceptar un proyecto semejante? Las hipótesis son varias y pueden ir desde la corrupción hasta la imposición derivada de la idea de que la protección a los derechos al acceso al agua y a la naturaleza pasan a segundo plano cuando de inversiones millonarias se trata —la instalación de la cervecería a pesar del impacto que tendrá en nuestras reservas de agua es un perfecto ejemplo de ello—.

Un segundo botón de muestra sustenta cómo la inacción de un gobierno puede contribuir a agravar nuestra crisis en ciernes. Resulta sorprendente que aludiendo dificultades técnicas o presupuestales ni Mauricio Vila ni Renán Barrera o sus predecesores más inmediatos en la alcaldía de Mérida hayan tomado la decisión de iniciar la construcción de un sistema de drenaje adecuado a las necesidades de una ciudad cuya población seguirá multiplicándose. La lógica seguida parece ser la de patear el bote hacia delante; es decir, nadie quiere echarse encima la responsabilidad de romper calles y posiblemente de generar caos temporal para solucionar un problema que prácticamente nadie está pidiendo atender.

Es fácil ver que de no tomarse las medidas necesarias, la actual tendencia tan sólo sería acelerada por la llegada de inversiones y el crecimiento demográfico en nuestras comunidades; fenómenos que normalmente embonan muy bien con el discurso de modernidad y cosmopolitismo vendido por nuestros gobernantes. Pero pensar que el agua y la naturaleza son secundarios ante las inversiones o el cosmopolitismo revela una visión del mundo brutal en toda la extensión de la palabra: finalmente, pocas cosas pueden ser más inciviles, torpes o viciosas que continuar desechando químicos, basura y heces sobre un recurso no renovable cuyas cualidades son indispensables para la vida tan sólo porque se puede y porque cuando el caos final llegue uno no estará para verlo. Dada la naturaleza de su responsabilidad —y su responsabilidad de cuidar la naturaleza—, hasta que nuestros representantes no hagan explícito lo contrario, ésta es la visión que tendríamos que atribuir a quienes aspiran a gobernarnos.

La crisis del agua es real y tarde o temprano el problema nos estallará a los yucatecos en las manos. Sin embargo, no todo está perdido y el deterioro no es inevitable; una importante ventana de oportunidad se abrirá con el proceso electoral de este año. Si hay un momento en que quienes aspiran a representarnos son receptivos es en la víspera de elecciones que pueden derivar en alternancia. Hablando de nuestra crisis del agua o señalando a sus responsables por su acción, su inacción o su bruteza, quienes contamos con la oportunidad de colaborar en medios, de acceder a redes sociales o de conversar de temas relacionados con la cosa pública, podemos hacer una diferencia importante en este sentido. Para ser claros, la importancia y la magnitud del tema ameritan y requieren de la unión de plumas, mentes y voces yucatecas en torno a un tema que a todos nos incumbe. Dejo esta invitación sobre su mesa.— Edimburgo, Reino Unido.

Fuente: http://www.yucatan.com.mx
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